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15 de agosto de 2011
La Impronta de Santo Domingo: ¡Dominus Canis!
El desafío para el Nuevo Milenio.
Tener la impronta dominica es básicamente buscar y encontrar a Dios de manera distinta a lo que el mundo actual está acostumbrado, es descubrirlo a través de la razón, comprenderlo y aceptarlo de manera real, concreta y valiente. Es tenerlo siempre presente, en los silencios personales, en el diario vivir, incluso en medio de la bulla que nos rodea.
En el sueño de Juana de Aza, ése que tuvo cuando esperaba a Santo Domingo, ve a un perro con una antorcha en el hocico, la cual va quemando aldeas. Obviamente, ella se asusta y acude a su párroco, quien le revela que su hijo será Santo.
Cuando Santo Domingo funda su congregación escoge el nombre de Orden de los Predicadores o Dominicos. Este último término recoge el concepto revelador de dominus canis, es decir el "perro del Señor" o el "vigilante de la viña del Señor".
Ser el can de Dios implica un gran deber, que no solo compete a nuestro Patrono, sino que a todos los católicos, los bautizados, los que todos los domingos y las fiestas de guardar y cada vez que vivimos la Eucaristía rezamos el Credo que resume nuestra Fe.
En primer lugar el perro es fiel, donde va el amo va él, siempre, sin cuestionar, sin dudar. Esta virtud de fidelidad se aplica cada vez que demostramos sin dobleces nuestra fe en Dios, en su doctrina y en su Iglesia, porque Él lo quiso así, porque es su voluntad. No hay excepciones, no hay duda, solo plena confianza y abandono en lo que nos dice y nos enseña.
En segundo lugar, el perro es defensor de su amo. Si en alguna ocasión llega a estar en peligro, él sale en su defensa, lo protege, incluso dando su propia vida si es necesario. "Dar la vida" no es sino un espejo de lo que Cristo hizo por nosotros, dar nuestra vida en la defensa de "la verdad" nos convierte en los mártires del nuevo milenio.
Santo Domingo demostró con creces estas virtudes. Fidelidad total al evangelio de Cristo y a su Iglesia, en todo momento, toda su vida. Defensa de la verdad: Atacó las herejías de la época, la de los cátaros y de los albigenses. Y cómo la defendió, llegó a destruirlas por completo, con humildad, con fe, con valor de católico, usando las armas propias de nuestra Iglesia: La Eucaristía, presencia real de Cristo, y el Rosario, esa oración extraordinaria, humilde y llena de la Gracia de Dios, a través de la mediación maternal.
Hoy, en nuestra sociedad se vive una suerte de relativismo, una pseudoverdad que es alumbrada por el materialismo y el hedonismo. Dios ha sido prácticamente anulado, no se le considera y si se hace, es absolutamente deformado por la ignorancia culpable, aquella que sabe a desidia, indiferencia e inconsecuencia de vida.
Todos los santos coinciden en que si no conocemos a Dios no podemos amarlo, y si no lo amamos ¿cómo podremos defenderlo? Es imposible. Todo lo que viene de Dios y su Iglesia, incluso para muchos bautizados se ha vuelto algo lejano, algo extraño incluso algo exagerado. Hay desconocimiento total de su casa, de su liturgia, de sus fiestas, de todo lo que proviene de Él. ¡Qué dolor ha de sentir Cristo!
El llamado de Dios, hoy, aquí y ahora, es a seguir siguiendo constructores de la Fe, verdaderas antorchas vivas, capaces de iluminar nuestro entorno. Es seguir con la impronta dominica, para constituirnos en los nuevos Dominus Canis de nuestra querida patria.
Luis Espínola Arredondo |



